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Vendiéndole el alma al diablo

Vendiéndole el alma al diablo

Enorme y ruidoso fue el escándalo de Facebook con Cambridge Analytica. El nudo del problema fue que Facebook “cedió” datos a la empresa de análisis estadístico para un trabajo académico y resultó que sus resultados fueron utilizados para la campaña presidencial de Donald Trump. Ahora, tratemos de desatar el nudo.

¿Qué información cedió Facebook y por qué?
La verdad es que todo lo que Facebook pudo recolectar de sus usuarios y de quienes aún no son sus usuarios pero interactúan con aplicaciones socias de Facebook, son sus datos (nombre, apellido, direcciones de email, números telefónicos) y sus metadatos (direcciones IP, ubicaciones físicas fecha y hora de una foto o video).
Entonces, ¿eso quiere decir que Facebook cuenta con datos privados de sus usuarios y también no usuarios en el mundo? La respuesta es que sí, y no.
Si considerábamos nuestro nombre, la composición de nuestra familia, el lugar donde vivimos, las cosas que hacemos en Internet o en la vida real pero que las reflejamos en Internet, como información privada, eso deja de serlo cuando aceptamos los “Términos y Condiciones” al darnos de alta en Facebook.

Nunca revisamos los Términos y Condiciones, simplemente vamos lo más rápido posible al final para encontrar el botón de “Acepto” y poder seguir adelante, sin saber que con ese clic, le vendemos el alma al diablo. Y lo más interesante de este fenómeno es que además de Facebook existen muchos más, como por ejemplo Google o Yahoo, para mencionar algunos. Y este contrato que firmamos con todos ellos al hacer clic en “Aceptar”, no tiene posibilidad de cancelación. Por más que en determinado momento, después de muchos años demos de baja nuestras cuentas, la información ya recolectada hasta ese momento, forma parte de sus bases de datos.

Si leemos con cuidado por ejemplo los Términos y Condiciones de Facebook, hay una sección denominada “Información y contenido que nos proporcionas” en la que se detalla con mucho cuidado todos los tipos de información que le regalamos a la empresa a cambio de que ella nos regale sus servicios. “Recopilamos el contenido, las comunicaciones y otros datos que proporcionas cuando usas nuestros Productos” lo que se traduce simplemente en que todo lo que escribimos, los likes, las fotos, la gente con la que nos comunicamos, no sólo forman parte de nuestro perfil sino de la gigantezca base de datos de Facebook. Y no sólo eso, “[…] las personas, las páginas, las cuentas, los hashtags y los grupos a los que estás conectado y cómo interactúas con ellos […]”, es decir: cómo nos comportamos. Y van más allá: “[…] recopilamos información de las computadoras, los teléfonos, los televisores conectados y otros dispositivos conectados a la web […]”. Y de nuestros dispositivos, ¿qué más saben? En la sección “La información que obtenemos de estos dispositivos incluye: “puede leerse que tienen información de los Sistemas Operativos, potencia de la señal, espacio de almacenamiento, identificadores únicos de los teléfonos celulares, señales bluetooth, redes WiFi a las que nos conectamos y hasta “información sobre otros dispositivos que se encuentran cerca o están en tu red”.

Todos sabemos que nadie regala nada, sin embargo, por alguna extraña razón creemos que estos servicios tan completos y útiles desarrollados por compañías que ganan miles de millones de dólares al año nos los dan gratis.

¿Y qué hacen con toda esa información? ¿Nos persiguen? ¿Tratan de saber qué hacemos? ¿Qué nos gusta? ¿Qué compramos? ¿Cuál es nuestro trabajo? ¿A quién tenemos intenciones de votar?
Exáctamente. Aunque no de cada uno de nosotros. Eso además de no tener sentido práctico, no sería útil para ellos. Pero sí lo hacen con grupos de personas, es decir con “focus groups”.

En sus inmensos sistemas de Big Data, con los motores de inteligencia artificial más avanzados, procesan todos esos datos en busca de información útil.
De esta forma poseen información de cómo se comportan las personas de determinadas edades, de determinado grupo social, en determinado lugar. Y el resultado de estos análisis les permite predecir, saber quiénes necesitan qué, cuándo y dónde. Y quien tenga esa información, sólo tiene que ir a ofrecer el producto adecuado a las personas adecuadas, con una garantía casi absoluta de su compra, en todo sentido.
Claro, para que esta actividad sea rentable, se deben tener muchísimos usuarios. Estos son algunos números de usuarios aproximados de cada servicio a fines de 2017:
  • Facebook ~ 2200 millones
  • Twitter ~ 330 millones
  • Google ~ 2000 millones
  • Yahoo Mail ~ 225 millones
  • Whatsapp ~ 1500 millones
  • Instagram ~ 500 millones

 

Es curioso el estar viviendo en un mundo Orwelliano pero con una variante muy interesante que Orwell no imaginó. No es el Partido quien nos instaló las “telepantallas” en nuestras casas en forma coercitiva, obligándonos a compartir nuestra intimidad diaria con el Gran Hermano – lo hicimos nosotros mismos en forma totalmente voluntaria. Y además como creemos ciegamente en lo que los diferentes Grandes Hermanos nos dicen, dejamos abierta la puerta para que se nos cuelen amenazas reales en nuestros sistemas que permitan ahora sí, dañarlos, espiarlos o directamente controlarlos.

Y esto, ¿se puede frenar? Mi opinión es que no. Poder preguntarle a Waze (empresa originalmente Israelí, que por cierto desde 2013 es de Google) cómo llegar todos los días al trabajo por el camino más rápido; encontrar amigos o hasta familiares perdidos mediante Facebook; Twittear noticias al instante mientras uno está delante del hecho que se está produciendo, son funcionalidades cuya conveniencia es indiscutible y a las cuales no tiene sentido renunciar. Son herramientas muy poderosas que pusieron en nuestras manos y que simplemente tenemos que saber usar.

Concientizarnos sobre los peligros a los que estamos expuestos por la información privada que brindamos, sobre la facilidad con la que pueden instalar amenazas en nuestros dispositivos y sobre cómo ciberprotegernos, es la mejor forma de minimizar los riesgos de vivir con un pie en esta no tan nueva parte del mundo: el ciberespacio.
Nota por Carlos Benitez
Un golpe de suerte, o de cómo Mark Zuckerberg creó conciencia para la implementación de GDPR

Un golpe de suerte, o de cómo Mark Zuckerberg creó conciencia para la implementación de GDPR

En una nota anterior, contamos cómo la Unión Europea está trabajando fuertemente desde hace 4 años en una nueva normativa de protección de datos personales, la hoy ya famosa GDPR o Reglamentación General de Protección de Datos de la Unión Europea. Esta iniciativa se crea dadas las enormes falencias que existen en las empresas de la Unión, en las que se fueron detectando faltas inaceptables en las capacidades de ciberprotección.
La norma será de aplicación obligatoria para todas las empresas de la UE a partir del 25 de mayo de este año. Sin embargo, el hecho de la obligatoriedad, no necesariamente implica que la curva de implementación de las contramedidas sea rápida o eficiente. La misma motivación que hace que las empresas a veces tengan áreas enteras dedicadas a analizar de qué forma pueden pagar menos impuestos, es probable que las hagan analizar de qué forma cumplir con GDPR con el menor esfuerzo e inversión posibles. 
¿Por qué se da esto? Por la misma razón por la que hoy en día sus medidas de ciberprotección son inaceptables: la falta de conciencia.
El convencimiento de que lo que uno está haciendo es importante o necesario es lo que dispara los procesos para que efectivamente se lleve a cabo. Y en este caso, muchas empresas de la UE no están convencidas ni creen que es importante – o por lo menos no lo estaban.
El vuelco que dio en la aceptación sobre la implementación de la nueva norma, se dio gracias al escándalo de Facebook y Cambridge Analytica. La comisionada por los asuntos de los consumidores de la UE, Vera Jourlova, quien se reunió con Mark Zuckerberg a raiz del escándalo, le dió a Zuckerberg las gracias públicamente por haber aceptado cumplir con GDPR ni bien esté en vigencia. Es difícil saber si la declaración del CEO de Facebookaceptando sin objeciones las nuevas contramedidas de seguridad para preservar la privacidad de los datos de los usuarios, hubiese sido la misma sin el escándalo de Cambridge Analytica. Pero la verdad es que a los promotores de la medida les vino como anillo al dedo, y justo antes de la entrada en vigencia de la medida.
Veremos el 26 de mayo cuáles habrán sido finalmente los resultados.
 
Nota por Carlos Benitez

 

¿Una cuestión de fe?

¿Una cuestión de fe?

¿En qué nos basamos para elegir un banco cuando decidimos colocar gran parte de nuestros ahorros en una de estas instituciones? Y cuándo vamos a contratar un seguro, ¿qué parámetros consideramos para elegir a esta compañía y no a la otra?
En un caso depositamos nuestros bienes, en el otro nuestra seguridad a futuro. La realidad es que los parámetros pueden ser muchos y variados, pero el más importante de todos y el que prima a la hora de tomar una decisión es uno: la confianza.
Confiamos en nuestro banco y esperamos que sea sólido y quedarnos tranquilos que nuestros ahorros estén bien resguardados. Sin embargo, de pronto nos encontramos frente al banco cerrado, y gente golpeando con jarros o cucharas las cortinas metálicas con la esperanza de alguna respuesta. Confiamos en nuestra compañía de seguros porque sabemos que va a responder ante cualquier siniestro. Pero de pronto nos enteramos que nuestra compañía quebró y que el seguro que teníamos ya no se puede cobrar.
Estas mismas experiencias son las que vivimos en el ciber-mundo. ¿En quién confiamos para brindarle todos nuestros datos y más? En compañías sólidas, fuertes, con millones y millones de usuarios que también confiaron en ellas y que no sólo utilizan sus aplicaciones primarias sino las aplicaciones cruzadas (como las de login) que nos permite autenticarnos en cientos de otras aplicaciones con un solo clic sin la necesidad de recordar cientos de usuarios y contraseñas.
Claro, para lograr esto, cada aplicación cruzada, nos pide acceso a todos nuestros datos. Pero nosotros confiamos, tenemos fe en que nuestros datos estarán bien protegidos y ese instante frente a los dos botones “Yes” y “No”, damos “Yes” casi sin dudar y, obviamente, sin nunca leer las condiciones y consecuencias de ese clic. Porque tenemos fe.
Pero las aplicaciones, los sistemas y las organizaciones no se mueven en función de la fe, sino de los negocios. Y de pronto, nos encontramos con 50 millones de usuarios que no tienen ni cucharas, ni una cortina metálica donde golpear, pero cuya fe fue abusada de la misma manera que aquellos ahorristas. Fue la combinación de una importantísima empresa de Big Data de Inglaterra combinada con la mayor red social del mundo quienes abusaron de la buena fe que sus usuarios habían depositado en ellas. Usando y abusando de la información que fueron cosechando durante años. Y lo peor de todos, lo admiten. La red social dice que los datos no les fueron robados, ni hackeados, que todo fue parte de un negocio. En medio de esta crisis, el director de Seguridad Informática de la red renuncia. Siempre durante las crisis, las internas salen a la luz.
Como dato curioso, hasta ahora no conozco a nadie ni leí en ningún lado, que a pesar de esta prueba de mala fe, hayamos dejado de utilizar la mayor red de mensajería de celular del mundo, que como todos sabemos, pertenece a la red social de la que estamos hablando, y que, probablemente siga recolectando nuestros datos.
¿Estamos eligiendo bien? ¿Entregarle nuestra información y nuestros secretos a una empresa sólo porque es grande, porque cotiza en la bolsa de Nueva York y porque está en el extremo superior derecho de los cuadrantes de Gartner garantiza que se puede confiar en ella?
Nota por Carlos Benitez