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Las infraestructuras críticas (aquellas que proveen servicios a la sociedad que, de ser interrumpidos, causarían graves daños a la población) vienen siendo blanco de ciber-ataques desde hace muchos años. El equipamiento industrial involucrado en la prestación de este tipo de servicios, se controla con sistemas informáticos interconectados muy antiguos que hacen que sean susceptibles de ser alcanzados por malware.
Cuando el sistema de control más popular, el SCADA, nació allá por los ’60, era absolutamente impensado que alguien pudiese conectarse a él remotamente desde la otra mitad del mundo y abrir de la exclusa de una represa, o la válvula de un circuito de provisión de gas, o el interceptor de un transformador de alta tensión que provee energía eléctrica a toda una ciudad.
Sin embargo, con el paso del tiempo, al abuelo SCADA, a sus derivados y a los sistemas que controla, se le fueron agregando componentes de IT cada vez más complejos y con cada vez más conexión a la red: sensores, interfaces gráficas, nodos de red, dispositivos IoT, etc.
Esto hizo que fuera blanco cada vez más fácilmente de pruebas de concepto y ciber-ataques cada vez más sofisticados, más frecuentes y más peligrosos. El caso que cambió radicalmente la visión sobre este tipo de ataques fue el descubrimiento en el año 2010 del gusano Stuxnet cuyo efecto fue el considerable retraso en el programa de desarrollo nuclear de Irán. Es entonces cuando se dispara la carrera de medidas y contramedidas tratando por un lado de atacar estos sistemas (los unos) y por otro de defenderlos (los otros).
Si bien los sistemas SCADA controlan casi el 90% de los procesos industriales automatizados del planeta, el foco de los atacantes desde hace aproximadamente un año son las centrales eléctricas.
Cada vez más son probadas y atacadas con mayor virulencia, sofisticación y frecuencia. Una gran parte de esos ataques son exploratorios, es decir que se realizan con el propósito de probar tanto las herramientas propias, como las capacidades de defensa de las centrales. La sofisticación se incrementa exponencialmente a tal punto que existen grupos como “Dragonfly“, cuyo propósito específico es atacar centrales eléctricas.
Estas amenazas han hecho que los países más desarrollados hayan tomado en serio las medidas de protección que eviten un desastre en el caso de un ciber-ataque masivo a este tipo de instalaciones.
El gobierno de Estados Unidos, por ejemplo, envió recientemente una orden ejecutiva por la cual se obliga a las redes del estado y de las infraestructuras críticas a utilizar el Marco de Ciber-seguridad del NIST (National Institute of Standards and Technology’s Cybersecurity Framework) que, si bien existe desde hace varios años, hasta el momento de la orden ejecutiva, su aplicación era voluntaria.
Uno de los resultados de esta escalada hizo que por ejemplo, algunas organizaciones que se dedican a la generación y distribución de energía eléctrica para millones de usuarios en Estados Unidos, cambiaran sus estrategias de ciberdefensa de reactivas a proactivas. Esto lo hicieron instalando miles de sensores en diferentes niveles de la arquitectura, recolectando datos de todos ellos y explotando esa Big Data de modo de prever posibles ataques a partir de comportamientos anómalos antes de que ocurran, y estar preparados para defenderse.
Y otra vez, como en varias de las notas anteriores, nos toca preguntarnos: ¿y por casa? ¿Cómo está la situación? Nuestras empresas generadoras y distribuidoras de energía eléctrica, ¿están adoptando las medidas necesarias para prevenir ataques de estas características? ¿Estamos siquiera en la etapa de estrategia reactiva, o todavía ni siquiera empezamos?
Las herramientas, tanto metodológicas, como normativas y técnicas están disponibles. Sólo falta tomar conciencia y darse cuenta de la situación en la que estamos junto con el resto del mundo, y empezar a trabajar.
 
Nota por Carlos Benitez